Donación de óvulos en España: ¿Voluntad o precariedad?

Foto: Ella Fernández

Donación de óvulos en España: ¿Voluntad o precariedad?

2 / abril / 2025

Octubre de 2018. Carrer de Sant Joan, Barcelona, España. La primera escena transcurre en una sala muy iluminada de un apartamento sin calefacción, habitado por tres cubanas menores de 30 años, una perra y muchas plantas.

Yo había aterrizado en la ciudad catalana menos de una semana atrás con 3 000 EUR en el bolsillo y ya el tema del dinero me quitaba el sueño. Después de pagar la matrícula de la escuela de cine y el depósito del alquiler de aquel espacio donde ahora desayunábamos, la búsqueda laboral era una bomba de tiempo. O, por lo menos, así lo sentía. Una bomba de tiempo atravesada, además, por la restricción de que con visa de estudio, legalmente, no podía trabajar más de 20 horas a la semana. Barcelona no era entonces una ciudad pensada para estudiantes sin dinero. Barcelona no es una ciudad para gente sin dinero. Punto.

Un teléfono repleto de aplicaciones de búsqueda de empleo y sin respuestas inmediatas me había quitado también el apetito. Sentadas en un sofá que ocupaba un tercio de la sala, una de mis compañeras de piso —quien llevaba casi una década, o quizá un poco más, en Barcelona— me dijo que no me preocupara.

«En el peor de los casos, puedes donar óvulos. Las clínicas que yo conozco pagan casi 2 500 EUR. Un poco más o un poco menos, pero te los dan enseguida. Yo lo he hecho un par de veces», me dijo. «Avísame si decides hacerlo, porque voy contigo y de paso me gano 200 EUR más». Esto último me sonó a estafa piramidal.

Dos semanas después de aquella conversación, encontré trabajo como dependienta en una tienda de bisutería de una argentina hippie en pleno barrio El Born. Tres meses más tarde, cambié los aros y collares por notas de prensa para medios cubanos. Pero la opción de donar óvulos nunca desapareció de mi cabeza. Estaba ahí, si la necesitaba.

Segunda escena. Octubre de 2020. Sant Martí, Barcelona. La pandemia había arrasado con la ciudad, su vida cultural y también con las aspiraciones que alguna vez me llevaron a Europa. La decisión estaba tomada: me trasladaría a Argentina, país cuyas fronteras estaban cerradas. Un día, en medio del viento —como recita Frank Delgado en su canción Trovatur—, me casé. Mi pareja, porteño de nacimiento, podía abordar los famosos vuelos de repatriación; pero yo, al ser extranjera —y ante todo, cubana—, necesitaba una visa de reunificación familiar. La visa costaba casi 900 EUR.

Nuestra compañera de piso en Sant Martí, también cubana, me hizo saber sus intenciones de donar óvulos. En medio de la cuarentena, había perdido su trabajo estable y los ahorros comenzaban a escasear.

No recuerdo cómo conseguimos el teléfono de la clínica, pero bastó con un mensaje de WhatsApp y en menos de 48 horas nos estaban contactando. Describo un momento en el que ir al médico en España era casi imposible; los especialistas atendían por teléfono; los hospitales aún lidiaban con los estragos del colapso de meses anteriores. No me atendieron tan rápido ni con tanta amabilidad cuando, a pesar de tener un seguro médico, intenté contactar a un especialista por una infección urinaria.

… 

Según el portal Statista Research Department, en 2024 se registraron cerca de 308 centros especializados en reproducción asistida en España. En cada una de esas clínicas se aplica, básicamente, el mismo tratamiento para la obtención de óvulos de donantes. Un proceso en dos etapas que consiste en la estimulación ovárica controlada y la punción folicular. Los gametos femeninos obtenidos pueden ser fecundados en fresco, vitrificados o preservados para una futura receptora.

El procedimiento para ser donante de óvulos comienza con dos entrevistas. En la primera, un coordinador de la clínica explica a la candidata en qué consiste el tratamiento, sus ventajas y posibles riesgos. La segunda reunión es con un psicólogo del centro, encargado de evaluar si la mujer está preparada mentalmente para asumir lo que implica la donación de óvulos, según señala la revista médica española Reproducción Asistida.

Me arreglé, me peiné y me maquillé para disimular la ansiedad, aunque el esfuerzo fue en vano: la entrevista fue por Zoom. La psicóloga me preguntó por qué quería donar óvulos. Intenté sonar lo menos materialista posible, pero me salió la honestidad: «necesito llegar a Argentina». Me preguntó si quería tener hijos, si reclamaría mis óvulos o si podría llegar a arrepentirme. No tenía certezas, pero a todo contesté con un categórico «no».

Luego tuve una consulta ginecológica para los exámenes físicos. El objetivo era determinar si mi estado de salud era el adecuado. Ese paso incluyó la firma de consentimientos que otorgan poder al centro médico para hacer uso de mis óvulos.

Recuerdo la cara de la ginecóloga que me atendió: rubia, de ojos azules, muy alta. También la clínica: pequeña y llena de luz, excepto el cuarto donde esperábamos las posibles donantes. Y aquella cláusula del contrato que especificaba que, en caso de retractarme, debía asumir los costes del tratamiento. Lo positivo fue que me hicieron un estudio ginecológico completo, algo que no había logrado conseguir con mi seguro médico en los últimos tres años. Ahí me diagnosticaron ovario poliquístico, la causa de la irregularidad menstrual que me afectaba desde la adolescencia.

Durante casi 20 días, tuve que inyectarme fármacos hormonales para estimular el desarrollo folicular múltiple y, por tanto, la obtención de óvulos de buena calidad y cantidad para la fertilización. Las cápsulas venían con una hoja de medicación que me recordaba los tarjetones de mi abuela en La Habana: la dosis y el día de aplicación de cada fármaco.

Una vez a la semana asistía a revisiones clínicas, en las que la ginecóloga monitoreaba mis folículos. Ecografías vaginales y extracciones de sangre, cada vez más invasivas. Mi cuerpo estaba agotado. Me sentía como una muñeca domesticada, con prohibiciones de hacer deporte o tener relaciones sexuales y marcada por los moretones de las inyecciones. Había subido drásticamente de peso. La incertidumbre de un segundo proceso migratorio se mezclaba con la tristeza provocada por la carga hormonal. Llegó un punto en el que no me reconocía en el espejo, pero no cuestioné nada. Ya estaba en la recta final.

Cuando los folículos ováricos alcanzan entre 18 y 20 mm, se administra la última inyección con hormona hCG para inducir la ovulación. La punción ovárica es una intervención quirúrgica bajo sedación, de entre 15 y 20 minutos, en la que una aguja de succión aspira los óvulos de los folículos.

Nunca había estado en un quirófano. Ni siquiera cuando me diagnosticaron una hernia en la preadolescencia. Pensé que saldría ilesa de esta vida sin pisar una sala de operaciones, pero no fue así.

Mi esposo me acompañó hasta que la anestesia hizo efecto. Me dormí sosteniendo su mano y desperté con los gritos de una paciente que compartía cuarto conmigo. Una enfermera se acercó con dulzura: «a veces la anestesia tiene ese efecto... Lo hiciste muy bien», me dijo. Estaba orgullosa de haberme «portado bien», a diferencia de mi compañera del lado. Nunca me informaron la cantidad exacta de óvulos extraídos, solo que había hecho «un buen trabajo». 

En una estimulación natural se obtienen entre 10 y 15 ovocitos, con la estimulación farmacológica se busca un mínimo de 20 óvulos maduros.

Salí de la clínica y, mientras desayunábamos en un café de barrio, miré a mi pareja y le dije: «no quiero ser mamá». No creo que la donación de óvulos haya sido la causa principal de esta decisión, pero sí influy

…

Todo el proceso, que duró casi tres meses desde la primera llamada, se rige por la Ley 14/2006 sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida. La normativa establece que las donantes deben ser mayores de 18 años, gozar de buena salud psicofísica y no padecer enfermedades genéticas, hereditarias o infecciosas transmisibles. También deben aceptar el anonimato y el carácter altruista de la donación. Aunque la ley no establece una edad máxima, la mayoría de las clínicas limitan la donación a mujeres menores de 35 años y hombres menores de 40-50 años.

El anonimato es un aspecto clave. Los hijos y las receptoras solo pueden obtener información general sobre las donantes, pero no conocer su identidad. La Ley 14/2006 permite un máximo de seis hijos nacidos de los óvulos de una misma donante y un máximo de seis estimulaciones ováricas, separadas por al menos seis meses. Sin embargo, la falta de un registro público de ovodonación en España dificulta la fiscalización de estos procedimientos. 

Las clínicas registran datos no identificativos como la edad de la donante, características físicas generales (color de ojos, color de cabello, estatura), grupo sanguíneo y compatibilidad genética; características de salud, nacionalidad y etnia, nivel educativo, información genética y médica relevante. Esa información está disponible para las receptoras y, en algunos casos, para los hijos nacidos mediante ovodonación cuando alcanzan la mayoría de edad (18 años); pero no para la ciudadanía.

En 2019, el 9 % de los nacimientos en España fueron por reproducción asistida y 14 521 mujeres donaron ovocitos, según la Sociedad Española de Fertilidad (SEF). En 2022, un total de 39 546 bebés nacieron gracias a técnicas de reproducción asistida en el país europeo (el 12 % de los nacimientos). La mayor cifra hasta esa fecha atribuida a la medicina reproductiva. Dentro de esos más de 39 000, un 37 % nacieron por ovodonación. Un año más tarde, la Sociedad Europea de Reproducción Humana calificó a España como «el mayor proveedor de óvulos de Europa», con el 45 % de los tratamientos de fertilidad en el continente.

De acuerdo con elDiario.es, 80 % del mercado de óvulos en España está en manos de clínicas privadas, que pueden revenderlos a bancos especializados o centros médicos en países con legislaciones más restrictivas. Algunos centros, incluso, ofrecen paquetes con vuelos y alojamiento. Aunque antes los hospitales públicos asumían la donación de óvulos, ahora depende del ámbito privado por falta de recursos.

María Isabel Jociles Rubio, socióloga y profesora en la Universidad Complutense de Madrid, habla de «turismo reproductivo». En 2019, el Ministerio de Sanidad registró casi 18 500 ciclos de tratamiento a pacientes extranjeras, principalmente de Francia e Italia, donde las donantes no reciben compensación económica.

Una clínica de fertilidad española, según la revista Reproducción Asistida, puede llegar a cobrar entre 3 500 y 5 500 EUR por cada pack, pero —por el contrario— no existe una ley o reglamento que establezca un piso para la compensación de las posibles donantes. Sobre todo, porque la Ley 14/2006 especifica que la donación de ovocitos ha de ser un acto «altruista» y «no remunerado». La legislación sanitaria prohíbe comerciar con el cuerpo humano y con sus células.

Por esa razón, los centros de fertilidad hablan de «compensación económica». Compensan por los gastos derivados de «las molestias físicas y los gastos de desplazamiento y laborales» que la donante ha debido asumir por donar los óvulos. 

Las compensaciones fluctúan entre los 900 y los 1 200 EUR, frente a los 45 EUR de la donación de esperma. Un poco más del salario mínimo interprofesional (SMI) de 2025, que en España quedó fijado en 1 184 EUR al mes.

Tanto la legislación española como las clínicas privadas destacan un aspecto en común entre las donantes: el altruismo. En los textos explicativos de sus sitios web, en las publicidades de redes sociales y en vallas y carteles se perfila la imagen de una mujer joven, empática y solidaria. Algunas, incluso, han experimentado la maternidad y se sensibilizan con la situación de otras mujeres con problemas reproductivos. Sobre todo, se muestra a mujeres felices, sin angustias externas.

En octubre de 2020, yo no era una de esas mujeres felices. Soy una mujer de piel blanca, pero no tengo rasgos eslavos. Mido 1.55 metros y mis genes españoles quedaron sepultados bajo los genes filipinos de mi abuelo materno. En resumen, no me parecía en nada a las rubias y caucásicas de los carteles promocionales de la clínica. Siempre pensé que mi ginecóloga sería una mejor donante que yo. Tampoco me sentí altruista durante el proceso; más bien, experimenté culpa y vergüenza por exponer mi cuerpo a cambio de dinero. Me sentía sucia; sensación que no ha desaparecido del todo.

Las donantes son jóvenes, en edad fértil, con salarios bajos o inexistentes, que ven en esa práctica una forma de hacer frente a sus gastos.

«Las donantes de óvulos en España pertenecen a un grupo de edad y posición socioeconómica con alta tasa de desempleo y una elevada probabilidad de acceder solo a empleos temporales y de salario mínimo», explicó la socióloga Ana Rivas a elDiario.es.

La motivación económica está presente, aunque las clínicas la niegan sistemáticamente. Rivas, incluso, sugiere comparar el salario medio de sectores altamente feminizados —como la hostelería o la limpieza—, con la compensación que una mujer recibe por cada ciclo de donación. «No es sorprendente que, para muchas mujeres de clase media-baja y clase trabajadora, participar en un programa de donación de óvulos sea una opción atractiva para obtener ingresos», apunta.

La especialista también cuestiona «la ideología del altruismo» promovida por la legislación vigente. En manos de la donante, el óvulo es un «don», pero cuando llega a las clínicas y se congela, se convierte en «mercancía».

«Con ello se busca afrontar la resistencia social y la perturbación cultural que genera la comercialización de elementos considerados parte de la intimidad. La metáfora del “don” y del “regalo” aleja la provisión de óvulos del ámbito mercantil y la sitúa en la esfera de las emociones y la empatía, buscando la aprobación moral de la sociedad y la autolegitimación de las donantes», reflexiona.

La sala de espera de la clínica olía a soledad, por muy irreal que eso suene. Una sola ventana, un televisor con publicidad y un par de revistas que nunca leí. A veces coincidía con otras donantes, pero no nos hablábamos. Mi vergüenza me lo impedía. Me preguntaba si también eran migrantes. ¿Cuántas cubanas habrían pasado por ese cuarto antes que yo y cuántas lo harían después? Ni siquiera sé si mi excompañera de piso en Sant Martí siguió con el proceso. Me fui del apartamento antes de saberlo. Perdimos contacto.

No existen estadísticas específicas sobre la participación de mujeres migrantes como donantes de óvulos en España. Esta ausencia se debe, en parte, a que informes oficiales —como los de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) y la Sociedad Española de Fertilidad (SEF)— no desglosan la información por nacionalidad o estatus migratorio.

María Isabel Jociles, antropóloga e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid, señala que antes de la crisis de 2008 las mujeres migrantes constituían la mayoría de las donantes. Sin embargo, tras la recesión, el perfil se amplió.

Aun así, las mujeres migrantes, especialmente latinoamericanas, siguen presentes en la red de donantes. Las clínicas de fertilidad aseguran no ser racistas y aceptar todos los fenotipos, aunque aclaran que «las receptoras más frecuentes son mujeres caucásicas castañas, de ojos marrones y tez blanca».

«No nos fijamos en si las donantes son más guapas o más feas, sino en [que] su fenotipo coincide con el de la receptora. Lo mismo ocurre con las diferentes razas; entre nuestras donantes hay mujeres latinas, orientales, africanas y caucásicas», explica la clínica Ovodónalos, ubicada en Valencia.

La donación de óvulos es una opción accesible para migrantes en edad fértil porque, a diferencia de otros trámites en España, no requiere documentación más allá del pasaporte. La migrante en cuestión no necesita tener un estatus regularizado. Además, la compensación económica equivale a tres semanas y media de trabajo con el Salario Mínimo Interprofesional (SMI). Esta cifra aumenta al considerar los trabajos feminizados en la economía sumergida y las jornadas parciales, predominantes entre las mujeres.

Aunque la brecha salarial de género en España ha disminuido, las mujeres migrantes enfrentan desafíos adicionales que agravan la desigualdad. Según la Encuesta de Estructura Salarial (2021), las mujeres ganan, en promedio, 5.212 EUR menos al año que los hombres, una brecha del 18.36 %, con retribuciones menores en casi todas las áreas. Esta desigualdad es aún mayor para las mujeres migrantes, quienes sufren discriminación tanto por género como por origen.

Las diferencias salariales entre la población extranjera y la autóctona alcanzan los 500 EUR mensuales (una brecha del 23 %), según informes del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones (2024). En 2023, el Observatorio de Igualdad y Empleo señaló que casi el 30 % de las trabajadoras migrantes tenían contratos a tiempo parcial y un 12 % trabajaba bajo acuerdos verbales.

En los últimos años, la migración cubana hacia España ha aumentado. Al menos 62 800 cubanos emigraron a España entre 2023 y 2024, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística (INE). Sin embargo, no todos los cubanos llegan con estabilidad económica. Ni siquiera tener pasaporte español garantiza solvencia. Muchos profesionales cualificados terminan desempeñando empleos que no requieren de su formación previa.

Diamela Prieto, psicóloga cubana, señala en conversación con elTOQUE que esta crisis «quebranta la identidad profesional y afecta la motivación al no poder ejercer la profesión para la que se formaron».

Prieto añade que los estereotipos de género restringen las oportunidades laborales y aumentan la vulnerabilidad. En plataformas digitales, algunas mujeres migrantes han sido víctimas de acoso y propuestas de «contratos» a cambio de sexo.

No hay cifras exactas sobre cuántas cubanas en España carecen de empleo estable. Sin embargo, considerando que el 54 % de las mujeres asalariadas en el país viven en precariedad, cabe preguntarse: ¿es la donación de óvulos una estrategia de supervivencia? 

… 

Una semana después de la extracción, recibí un mensaje de WhatsApp para hacerme la última ecografía. Había que comprobar que «todo» estaba bien. Esta vez, no me atendió la misma ginecóloga rubia, alta y de ojos azules, sino otra. Al salir de la consulta, la recepcionista me entregó un sobre con poco más de 1 200 EUR. Nadie me preguntó cómo me había sentido, nunca más supe de la psicóloga que parecía tan preocupada por el posible apego a mis gametos ni de la ginecóloga de apariencia hegemónica. Llené una encuesta y con ese sobre terminó mi altruismo.

Eso sí, antes de salir por la puerta me hicieron saber que, si estaba interesada, podía volver a donar en seis meses. 

La donación de ovocitos se ha convertido en un tema controvertido debido a los dilemas éticos que plantea. Incluso el anonimato, amparado por la legislación española, ha sido objeto de debate. 

En 2023, el Comité de Bioética de España entregó un informe al Ministerio de Sanidad solicitando eliminar el anonimato de los donantes —tanto de esperma como de óvulos—, argumentando que los hijos e hijas tienen derecho a conocer su origen. Sin embargo, el tema quedó en pausa indefinida tras la alarma del sector, que temía una drástica reducción en las donaciones.

La investigadora feminista Sara Lafuente Funes —escritora del libro Mercados reproductivos. Crisis, deseo y desigualdad (2021)— habla sobre la industria de reproducción asistida —que involucra la congelación de óvulos y la gestación subrogada— como una «industria en auge» en España que no puede entenderse de forma separada al neoliberalismo, la globalización ni a la construcción de subjetividades. Compara la donación con el empleo en el hogar. 

«Es un discurso muy parecido», dice en una entrevista para elDiario.es. «En el empleo del hogar se sigue hablando de “la persona que me ayuda en casa”. Por supuesto que se crean relaciones emocionales y vínculos a través del empleo en el hogar, pero es importante reconocer que se dan sobre la base de la desigualdad. Lo mismo sucede en la donación de óvulos». 

Ya desde 2016, Beatriz Gimeno Reinoso, feminista, diputada de Podemos y activista a favor de los derechos de la comunidad LGBTQ+, ponía en papel la contradicción de que en España —un país con alto tráfico de compraventa de óvulos y, al mismo tiempo, un país con un fuerte movimiento feminista— se hablara poco de esta cuestión. Resaltaba que la reproducción asistida siempre ha sido un espacio de lucha política. 

«El feminismo tiene que implicarse en esta cuestión de lleno, porque estamos en riesgo de aceptar sin discusión una nueva fuente de poder y desigualdad radical para las mujeres», escribió hace casi una década para la revista Pikara

Gimeno Reinoso explica que bajo el eufemismo de «donación» de óvulos subyace la desigualdad de género. Una desigualdad que se proyecta tanto en el tratamiento que se da al ejercicio en la publicidad como en el discurso público; llegando incluso a poner en el mismo escalón a la donación de óvulos con la donación de esperma. Una desinformación, que según la activista, vulnera los derechos de las mujeres. Sobre todo, el cuerpo de las mujeres precarizadas. 

En una línea similar, Rapiegas —una asociación feminista radical de mujeres asturianas— ha denunciado en reiteradas ocasiones lo que considera un biomercado y una forma de explotación reproductiva. Un negocio que llegó a facturar 460 millones de Euros en 2020 a nivel nacional, de acuerdo con el informe especial de marzo de 2021 de DBK —principal base de datos de estudios de mercado en España—. 

Entre las principales críticas a la gestión de este proceso en España está la manipulación emocional de los anuncios, que apelan a la generosidad y empatía con quienes necesitan procedimientos de fertilidad asistida. Según el colectivo, este enfoque contrasta con la donación de esperma, para la cual la industria no apela al altruismo, sino a un procedimiento lúdico que permite obtener dinero extra. También señalan el contexto de desempleo y precariedad en el que muchas mujeres recurren a la donación, dentro de un sistema neoliberal, capitalista y patriarcal que, a su juicio, victimiza tanto a donantes como a receptoras de óvulos.

Otro punto crítico es el carácter limitado de los óvulos. A diferencia del esperma, quienes ovulan nacen con una cantidad finita —se estima que alrededor de 400 serán viables a lo largo de una vida reproductiva—, lo que hace que este biomaterial sea especialmente valioso. Además, persisten dudas sobre los efectos a largo plazo de la ovodonación.

La socióloga María Isabel Jociles advierte que, hasta la fecha, no se ha estudiado en profundidad las posibles secuelas de este procedimiento. «No es que no existan, es que no se han investigado», declaró a El Salto.

Las clínicas de fertilidad en España, por su parte, aseguran que los riesgos para las donantes son mínimos, aunque mencionan algunos efectos secundarios derivados de la estimulación ovárica (cambios en el estado de ánimo, hinchazón leve, molestias abdominales, aumento de volumen corporal, pesadez en las piernas, sequedad vaginal y cansancio). La hiperestimulación ovárica (SHO) es la complicación más grave, ya que puede generar molestias significativas en el organismo. También pueden presentarse pequeñas complicaciones tras la intervención, como un leve sangrado vaginal o infecciones en el tracto reproductor.

La revista médica Reproducción Asistida sostiene que la donación de óvulos no compromete la fertilidad de la donante ni supone un riesgo grave para su salud. «La donación de óvulos no reduce la fertilidad de la mujer. Una mujer nace con una cantidad definida de óvulos que se van perdiendo con cada ciclo. Solo unos pocos llegan a madurar, mientras que el resto se elimina de forma natural».

Pocas personas saben que alguna vez «doné» óvulos en España. Mi familia no lo sabe y, a menos que lean este texto, nunca lo sabrán. Las pocas veces que lo mencioné en entornos menos cercanos, sentí juicio en las miradas y en el lenguaje corporal. Querían parecer educados, pero en realidad decían: «¿Cómo pudiste hacer eso?». Hubo quien me preguntó si valió la pena. Yo respondo que sí. Ahora estoy en Argentina, el primer país donde me he sentido en casa desde que salí de Cuba en 2018. Soy un poco más feliz, como las mujeres de los anuncios de la clínica de fertilidad.

Los ovocitos son «los huevos de oro de la reproducción asistida». Su obtención requiere un proceso clínico costoso que, en algunos países como España, se traduce en términos de mercado.

Cuando me preguntan si recomendaría a otra mujer pasar por ese proceso, siempre respondo que cada historia es personal. Digo: «hay que informarse». Pero detrás de esa respuesta también hay algo de rabia y muchas interrogantes. ¿Hasta qué punto los contextos de crisis influyen en la decisión de donar? ¿La ausencia de un Estado capaz de garantizar las necesidades básicas de grandes sectores de la población condiciona o determina la donación de células reproductivas?

Porque, aunque la intervención sobre el cuerpo femenino es la misma para donantes y receptoras de gametos, su disposición hacia el tratamiento es muy distinta. Las receptoras recurren a la ovodonación con el deseo de ser madres. Las donantes, en cambio, forman parte de un circuito que las excede, pero en el que son una pieza imprescindible.

Quien tiene estabilidad y recursos puede tomar decisiones con mayor libertad. Pero cuando la donación de óvulos se convierte en una estrategia de supervivencia, es legítimo preguntarse si realmente es una elección o una obligación disfrazada.

Este dilema, junto con la prohibición de comercializar el cuerpo humano, ha dado lugar a un discurso sobre la compensación y el altruismo que hace que la práctica sea sostenible y moralmente aceptable. Sin embargo, la «negociación» entre lo que es o no éticamente correcto dificulta evaluar las motivaciones de las donantes sin caer en prejuicios sobre cuáles deberían ser las «razones adecuadas». Que la donación no sea una práctica coercitiva —entendida como imposición sobre la voluntad de alguien— no significa que no exista una violencia simbólica hacia las mujeres que llegan a ella.

En 2019, la tasa de fertilidad en España fue 1.23, la más baja de la Unión Europea, solo por detrás de Malta. Al mismo tiempo, la crisis migratoria cubana no muestra signos de desaceleración. Mientras estos escenarios se agravan, es imprescindible abrir un debate público que garantice mayor protección para las donantes. Es urgente replantear el enfoque de la reproducción asistida para que deje de ser un reflejo de las desigualdades del sistema y se traduzca en más derechos, seguridad y reconocimiento para las mujeres que, a pesar de ser invisibilizadas, son fundamentales en este proceso.

Este trabajo fue realizado con el apoyo del Fondo de periodismo de Casa Palanca para la realización de reportajes. 
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